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Un estudio global alertó por la pérdida silenciosa de biodiversidad vegetal causada por el impacto humano

En el Día Internacional de la Diversidad Biológica, una investigación publicada en Nature reveló cómo las actividades humanas reducen las especies vegetales potenciales, incluso en zonas protegidas. Científicos argentinos participaron del trabajo y advirtieron sobre los riesgos de la llamada “diversidad oscura”.

En el marco del Día Internacional de la Diversidad Biológica, un estudio científico de escala global encendió alarmas sobre los efectos, muchas veces invisibles, que provocan las actividades humanas en los ecosistemas vegetales. La investigación, publicada en la prestigiosa revista Nature, demostró que la intervención del ser humano impacta con mayor intensidad de lo que se suponía, afectando incluso a áreas naturales protegidas.

Más de 200 especialistas de todo el mundo, incluidos científicos argentinos, participaron en este trabajo que duró cinco años y que se convirtió en uno de los relevamientos más amplios sobre biodiversidad vegetal. El hallazgo principal fue la presencia de lo que denominaron “diversidad oscura”, es decir, el conjunto de especies vegetales que podrían vivir en un determinado sitio por sus condiciones ecológicas, pero que no están presentes debido a factores como la fragmentación del hábitat, la deforestación o la contaminación.

En este sentido, uno de los ejemplos que ilustra este fenómeno es el del caldén, un árbol nativo de Argentina. Aunque la especie aún persiste a nivel regional, ya casi no se encuentra en muchas zonas donde antes era común. Las causas son múltiples: desde el uso para leña y adoquines en el pasado, hasta los incendios forestales, el avance de especies invasoras y la expansión de la frontera agropecuaria.

Melisa Giorgis, bióloga del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (IMBIV), dependiente del Conicet y la Universidad Nacional de Córdoba, participó en la investigación y explicó a Infobae que el trabajo logró estimar la diversidad potencial de plantas en unos 5.500 sitios distribuidos en 119 regiones del mundo. “Nuestra investigación sobre la diversidad oscura establece una base sólida para debates sobre políticas públicas ambientales y brinda una nueva manera de medir los impactos humanos que son invisibles a simple vista”, afirmó.

Además de Giorgis, también formaron parte del estudio los científicos argentinos Lucas Enrico, del IMBIV, y Pablo Peri, del Centro de Investigación y Transferencia de Santa Cruz. En la muestra global, Argentina estuvo representada por sitios en las provincias de Córdoba y Santa Cruz. De tal modo, el país aportó datos valiosos desde regiones con distintos tipos de ecosistemas, como el Chaco Serrano y áreas patagónicas.

Por su parte, el investigador Meelis Pärtel, de la Universidad de Tartu en Estonia y autor principal del trabajo, sostuvo: “Habíamos introducido la teoría de la diversidad oscura y desarrollado métodos para estudiarla, pero para realizar comparaciones globales necesitábamos un muestreo consistente en muchas regiones. Parecía una misión imposible, pero muchos colegas de diferentes continentes se unieron a nosotros”.

El estudio reveló que en zonas con bajo impacto humano, un 35% de las especies potenciales logran estar presentes. Sin embargo, en áreas con mayor intervención antrópica, ese número cae a menos del 20%. Para llegar a estas conclusiones, el equipo utilizó el índice de “huella humana”, que considera variables como la densidad poblacional, el uso agrícola de los suelos, la infraestructura construida y el nivel de contaminación. Ese índice fue aplicado en radios de hasta 400 kilómetros alrededor de cada sitio estudiado.

A su vez, los investigadores evaluaron la “completitud comunitaria”, un indicador que mide cuán cerca está un ecosistema de albergar todas las especies que debería tener según sus condiciones naturales. Este parámetro se vuelve clave para detectar impactos ocultos, que no suelen ser visibles con indicadores tradicionales como el simple conteo de especies presentes.

En la misma línea, los resultados mostraron que incluso dentro de áreas protegidas pueden detectarse pérdidas significativas de biodiversidad. Esto sugiere que las políticas de conservación actuales podrían estar fallando al no considerar la diversidad potencial que se pierde. Por ejemplo, ecosistemas históricamente manejados con prácticas humanas como el pastoreo o la quema controlada —siempre en equilibrio— conservaron mejor su completitud comunitaria frente a otros con mayor presión.

En diciembre de 2022, la comunidad internacional adoptó el Marco Mundial Kumming-Montreal, conocido como El Plan de Biodiversidad, que propone restaurar el 30% de los ecosistemas del planeta y reducir drásticamente los residuos alimentarios, entre otras metas. No obstante, los autores del estudio advierten que esta meta podría no ser suficiente si no se contempla la “diversidad oscura”. Según expresaron en el artículo: “Proteger un 30% del territorio global, como lo propone la Convención sobre la Diversidad Biológica, podría ser insuficiente si no se considera la preservación de especies ausentes que aún están presentes en la región”.

Por eso, el estudio propone ir más allá de la conservación tradicional. “No solo es una herramienta para evaluar el daño, sino también una oportunidad para la restauración”, señaló Enrico. En este sentido, restaurar ecosistemas no implica únicamente dejar de intervenirlos, sino también conectar fragmentos de vegetación natural, mejorar la conectividad biológica y reducir la contaminación.

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